Reseña de la presentación del libro El infierno de los malditos (II) | Zacarías Marco

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reseñapresentacionlibroinfiernodelosmalditos-170714El pasado 14 de junio se presentó en la sede de Madrid de la ELP el libro El infierno de los malditos (II). Conversaciones con el mal, de Luis-Salvador López Herrero*. El encuentro, moderado e introducido por Zacarías Marco, contó con la participación de los psicoanalistas Sergio Larriera y Gustavo Dessal. Finalizadas sus intervenciones, el autor puso el broche final aclarando alguna de las cuestiones suscitadas.

De la mano de un personaje de ficción, el psicoanalista francés Jean-Luc Millet, el libro de Luis-Salvador nos introduce en un fantasmagórico paseo con grandes figuras del mal. En esta entrega se retoma la historia desde el siglo XII hasta el siglo XIX, concretamente desde el Papa Inocencio III hasta el poeta maldito Rimbaud, pasando por Maquiavelo, don Juan y el marqués de Sade. A los que se suman también varios personajes femeninos que dan la palabra a tres posiciones femeninas bien diferenciadas.

Zacarías Marco distinguió tres ejes conductores, la relación del poder con el mal (de Inocencio III a Maquiavelo), las distintas articulaciones del mal con el goce y con lo femenino (de don Juan al Marqués de Sade), y la relación de la creación literaria con lo maldito (de Sade a Rimbaud). Después comentó la variación estructural con respecto a la referencia clásica por excelencia, el descenso al Infierno de la Divina Comedia. Si Dante se valió del poeta Virgilio, utilizándolo como intermediario para interrogar a los que penaban por sus crímenes en los distintos círculos del Infierno, Luis-Salvador se vale aquí del sueño y la irrupción de sus fantasmas, siempre en esa nebulosa que constitutivamente desdobla al sujeto.

Haciendo su elección particular, Zacarías destacó la relación entre la vida y la escritura suscitada por el encuentro con Rimbaud, el autor de Una temporada en el infierno. Millet interrogará su espectro sobre ese momento clave en el que, con apenas 19 años, el poeta sintió que tenía que escoger entre vivir o escribir. A diferencia de Joyce, escritor emblemático donde vida y obra son indisociables, Rimbaud no logró hacer un sinthome que pusiera un límite a la permanente fuga de sí mismo que caracterizó toda su existencia, y abandonó el ámbito de la creación literaria.

A continuación, Sergio Larriera compartió con la audiencia la afectación personal sufrida por la lectura, al no poder mantener la distancia que sí logró con los personajes excesivos de la primera parte. En esta ocasión las fundamentaciones rigurosas llevadas a cabo por varios personajes, en particular por Inocencio III, justificando toda clase de actos malvados, provocó en Sergio la pregunta sobre la pequeña maldad de uno. Cómo estar a la altura de estas conversaciones con el mal. Sergio confesó haber tenido que recurrir como defensa a la visión de la cordura, según quedó expresada en El Golem, el poema de Borges. La salida se la indicó el verso “y la inacción dejé, que es la cordura”, esto es, que la cordura es la inacción.

¿Qué hacer con el mal? ¿Qué hacer, por ejemplo, con la envidia de uno, la que conduce a la agresión primordial al otro? ¿Qué hacer a partir de este principio de inacción que preserva la cordura? Sergio mostró cómo su salida fue la destrucción de ese objeto en disputa con el otro. Yo destruyo el objeto para que ambos lo perdamos. Pero, si soy fiel a las enseñanzas del libro, donde se ve cómo cualquier promoción de un ideal colectivo lleva siempre al desastre, he de hacerlo en privado. Esta sería la gran lección ética del libro: por una parte, tratar el mal con la inacción; pero, no pudiendo esquivar el pequeño mal que está a mi alcance, actúo destruyendo el objeto que ansío del otro, y lo hago en secreto para salvar mi cordura. Esta es la respuesta y la justificación ética, la construcción de una filosofía, a la que Sergio se vio abocado para poderse aliviar de la propuesta de este libro.

La intervención de Gustavo Dessal se centró, en cambio, en el análisis del psicoanalista Jean-Luc Millet, el narrador que, aun sosteniendo toda la estructura narrativa del libro, quizás aparezca algo eclipsado por la magnificencia de las figuras abordadas. Millet no padece propiamente un exilio, más bien se trata de un retiro voluntario del ambiente parisino. Pero es un retiro que aunque no le aparta de su vinculación con el saber, pues viene a Madrid a dictar un seminario sobre el mal, sí lo desvincula con la práctica clínica, convirtiéndose él mismo en analizante. Leemos cómo Millet muestra a un otro, encarnado en los personajes que interroga, sus sueños más turbadores, unos sueños construidos como corresponde, a partir de un resto diurno, de una preocupación que toca la posición deseante del protagonista. Por ello cabe preguntarse qué deseo se realiza en cada uno de los sueños de Jean-Luc.

El problema es que su pesimismo inicial no puede sino agravarse con una investigación sobre el mal que se pretendía salvadora, pues todos los personajes le corroborarán que el mal no solo es inevitable, sino necesario. Por ello el libro viene a testimoniar del fracaso de todos los ideales y de todas las ideologías, y cabe preguntarse entonces si el conocimiento sobre la verdad del sujeto, que se deduce de la clínica, ofrece al psicoanalista alguna protección frente a las derivas que afectan a todos los hombres. Quizás este libro nos ilustre de lo extraordinariamente difícil que también nos resulta a los psicoanalistas poder liberarnos de los fantasmas que afectan a nuestros pacientes.

Por último, Luis-Salvador, cerró el encuentro destacando que El infierno de los malditos trata fundamentalmente de psicoanálisis y está dirigido a psicoanalistas. Lo vemos, por ejemplo, en el motor del texto, que es un resto sintomático de Jean-Luc Millet. A pesar de todo lo realizado en su vida, Millet no se siente feliz y se exilia para pensar sobre el mal, conversar y escribir. El libro plantea, pues, un tratamiento sobre el mal. Y lo aborda mediante la construcción de un texto, que será, a su vez, un texto sobre el mal. Así se vehicularán, a través de él, las preocupaciones de nuestra época sobre los distintos aspectos de mal. En un mundo que no tiene arreglo, pues la pulsión se lo impide, el conocimiento y la escritura serán para Millet su tabla de salvación. Por eso concluye recurriendo a Rimbaud, el poeta afectado por la dicotomía entre la escritura y la vida.

A modo de conclusión, Luis-Salvador aclaró que si las mujeres no están presentes en El infierno de los malditos es porque ellas están en el infierno, día a día, gracias a los hombres. Esta sería la tesis del texto, que el infierno de las mujeres son los hombres. Una afirmación que provocó el debate posterior.

*Luis-Salvador López Herrero es médico y psicoanalista, miembro de la ELP y de la AMP, y Presidente del Círculo Psicoanalítico de León.