El discurso de dominio de las neurociencias* | Eugenio Díaz Massó

Facebooktwitterredditlinkedinmail

El riesgo de reducir el ser humano a su cerebro es la desresponsabilización de cualquier tipo de conducta. Banalizar la responsabilidad de los sujetos en relación a sus actos, empuja a la repetición, a la vez que produce efectos de deshumanización y de segregación.

Prácticamente no hay día en que no aparezcan en los medios de comunicación noticias de estudios y experimentos “científicos” sobre el descubrimiento de tal o cual neurona o funcionamiento cerebral, causantes de afectos o conducta, con un “frenesí curativo” ciego y cegador. Desde el amor (“El amor es pura bioquímica”), o la tristeza (“Es increíblemente poderoso poder decirle a los pacientes, sé que algo está sucediendo en tu cerebro cuando te sientes deprimido”), hasta las diversas compulsiones (“Clínicas españolas utilizan descargas en el cerebro contra la adicción a la cocaína”), o la agresividad y la violencia (“La ablación de la amígdala conlleva la desaparición de la conducta violenta”).
Hace unos días apareció una noticia sobre un experimento de estimulación eléctrica cerebral realizado en dos cárceles españolas a reclusos violentos, algunos homicidas, para reducir su agresividad, y un artículo crítico con la paralización del experimento, firmado por un neurocientífico y titulado “No detener la Naranja mecánica”.

El experimento constaba de un cuestionario, en el que los presos debían responder si son falsas o verdaderas afirmaciones como: “si se me provoca lo suficiente, puedo golpear a otra persona” o “a veces me siento como un barril de pólvora a punto de estallar”, y tres sesiones de estimulación transcraneal con corriente directa, para activar la parte del cerebro potencialmente relacionada con la agresividad.

Al volver a hacer las mismas preguntas, muchos presos dijeron sentirse más relajados y notar “una especie de paz interior”.

“Si hay evidencia científica de que la estimulación funciona -señala el coordinador del proyecto- sería cuestión de regular su uso”. Y añade, “futuros estudios dirán si esta percepción de una disminución de la agresividad se corresponde con una reducción real de la conducta agresiva”.

Convenimos que los sentimientos, las sensaciones o las buena intenciones, nada dicen sobre lo real de una conducta, ni sobre la responsabilidad subjetiva ¿Es acaso, la sensación de paz interior indicadora de un cambio de posición de la persona?

Pero más allá de esto, y de una crítica general sobre los modos de divulgación mediáticos o científicos de este tipo de experimentos (sólo al final se dice algo que pondría en cuestión la veracidad de los mismos, con advertencias sobre el alcance de los resultados y/o los conflictos de intereses. Quizás pensando que el lector no va más allá de los titulares. Nueva infantilización), es reseñable que lo que subyace en ellos, es una lógica que hace del sujeto poco más que una máquina programable o reprogramable.

En el artículo crítico con la detención del experimento, se hacían afirmaciones e inferencias del tipo: “Ciertas personas nacen con el lastre del lóbulo frontal dañado, o se dañó en la infancia y en el desarrollo del individuo”. Y dado que este madura en la adolescencia y está implicado en la agresividad, eso explicaría los comportamientos adolescentes, “tan extraños para los adultos, propensos a la agresión y refractarios al argumento”.

Afirmaciones e inferencias tan extraordinarias, que más que a evidencia científica suenan a ciencia ficción, si no fuera porque tienen consecuencias subjetivas importantes.

Y en defensa del experimento se dice que “no cayó del cielo, está basado en las neurociencias”, o que “suspender la investigación tendrá que basarse en la neurociencia”. Eso nombra a las neurociencias cognitivas, a lo neuro-esto, lo neuro-aquello, en el actual reorganizador de la civilización. La nueva religión que daría fe de la verdad. Y la fe, “expectativa segura de las cosas que se esperan, la demostración evidente de realidades”, Hebreos 11:1, es incuestionable.

Como señala el psicoanalista Eric Laurent, nos toca elegir entre hundirnos bajo la masa indiferenciada de la banalización o renovar las distinciones. Es decir, poner en primer plano una lógica más acorde con el respeto por las personas, su singularidad y su responsabilidad. Y esto está en riesgo, si el humano es apenas considerado su cerebro. En el fondo no más que un “autómata probabilístico”.

Eugenio Díaz Massó, AME, miembro de la ELP y la AMP, coordinador del libro “Una pragmática de la fragilidad humana”, EdiUOC, 2016.

*Texto publicado en el diario La Vanguardia, en la sección El Diván, el 6 de abril de 2019, con el título “¿Es el ser humano equivalente a su cerebro?”