Las ilusiones perdidas ¿y más allá? Lo que enseña un análisis | Gabriela Galarraga

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El pasado 9 de abril, Aurélie Pfauwadel (Psicoanalista en París, AE 2017-2020) presentó en el Espacio de Enseñanzas del Pase de la sede de la Comunitad de Catalunya (CdC), su Testimonio de Pase: Las ilusiones perdidas ¿y más allá? Estuvo acompañada de Marta Serra (AME – AE 2017-2020) y Lidia Ramírez (AE 2019-2021).

Aurélie logró transmitir, de forma poética, su relación singular con lo subjetivado de su propia experiencia analítica. En un formidable trabajo de elaboración y de invención, desplegó su recorrido analítico, dando cuenta del atravesamiento de una serie de creencias (en el padre, en el fantasma, en el falo, en el sentido…) y del franqueamiento de una “burda credulidad”.

La creencia en el Padre, en la que se jugaban amor e idealización aplastantes, sostenía la identificación a él como forma de ser amada. Sin embargo, en una decepción amorosa edipiana, a los diez años, se reedita el trauma original, se siente dejada caer, y concluye que para ser amada por el padre era necesario ser la Otra mujer, la mujer fálica.

Desde mucho antes, dirá “traumatizada por la no relación sexual”, la angustia frente al saber insabido cobra forma de fobia a “las cucarachas y los ratones”. La analista sabe hacerle escuchar el equívoco significante de esos términos, en una “interpretación a ras de significante” que produce un efecto de verdad. “usted responde a la pena (pena/cucaracha cafard) de su madre, diciéndole sonríe”! (sonríe/ratón souris).

Se abre así la dimensión del estrago materno y la posición subjetiva que ocupaba: ser el falo que satisface a la madre y la hace sonreír.

Marta Serra, en su intervención, destacará en el recorrido por las cuestiones fálicas del sujeto, la articulación del Complejo de Edipo y el Complejo de Castración freudiano, conjugado en lo familiar. La posición fálica, la identificación masculina, la identificación a la mujer fálica que atrae las miradas, ser el falo que hace feliz a la madre donde el padre no alcanza, ser el hombre del saber, como formas de tapar lo propiamente femenino.

El inicio de su análisis, al final de la adolescencia, estuvo marcado por el “misterio de mi propia feminidad corporal”. La figura de la Otra mujer, Significante Amo que sirve de brújula inconsciente en sus elecciones de pareja, le resulta insoportable a la vez que necesario, en tanto ubica a las mujeres del lado de la completud y el rechazo de la castración.

Surge allí en el teatro de su fantasma, entre el Padre y la Otra mujer, un tercer hombre, ella misma. Queda al desnudo la función del objeto mirada bajo ese “trio infernal” del goce escópico. La père-versión que la orientaba al goce clandestino, disimulado en su punto ciego.

Varios sueños jalonan el recurrido. Dos cuerpos de mujer ponen en escena un juego sutil entre lo mismo y lo otro. Dualidad de dos mujeres, la del misterio, superyoica, y la sexuada. Escisión de “dos inmanente al Uno del cuerpo”1, hace caer la creencia en la Otra mujer y el Otro puede ser reducido al Uno del objeto pulsional.

Extrae el objeto mirada que en su función pulsátil sostiene el montaje de creencias. Se abre, dirá Aurélie, un largo camino desde una versión triste de la feminidad a una versión más sonriente del no-todo femenino, junto a la modificación de la manera de hacer con los semblantes fálicos.

Lidia Ramírez señala como punto vivo del testimonio el circuito pulsional escópico que traza desde la escena de la niña que pide que la miren como niña, hasta llegar al punto ciego del goce escópico. La mirada como el tapón que ocultaba el no-todo femenino, y en el síntoma de la pasión por el a-cercar, al saber y a la mujer como no-toda.

En otro sueño “Un chico deja en casa del analista la cáscara de su imagen en trampa-antojo”, resumen de su recorrido analítico dirá Aurélie, quien saliendo del cuadro que la petrificaba. consiente a la irrupción de lo femenino, al deseo de mujer.

Pero la estructura misma de la creencia estará en su “modalidad de doble fondo”. Un resto de creencia en el Padre pasaba por la creencia en el Hombre y en el Falo, y persistió un tiempo en el espejismo del hombre de saber. La otra creencia, en la Otra mujer, sostenía la pregunta sobre la feminidad, mientras el cuerpo se hacía síntoma de esa interrogación.

La caída de la creencia en el Padre y en la Otra mujer, operó como agujero en el Otro del saber totalizado.

Pasar de la filosofía, primera elección, al psicoanálisis, fue pasar “de un todo saber de hombre a un no-todo saber cómo mujer”.

Su recorrido analítico constituyó un proceso de encarnación que la condujo a un saber más conectado con el cuerpo, llevado hasta un “desacuerdo” con su analista, en el que resuena el equívoco “a-cuerpo”.

En un sueño, una expresión surge y designa una nueva alianza con el goce, y hace emerger “la pasión de a-cercar” como su sinthoma.

Lo que enseña un análisis, y que Aurélie trasmite de forma clara y entusiasta, es que no hay escapatoria a los imposibles del lenguaje y a la no relación sexual.

Se trata, dirá, de ser incautos del significante y de sus efectos de verdad, de los semblantes, sin adherirse a las creencias. Aurélie da cuenta de sus “esfuerzos por recomenzar sin cesar para adherirse al inconsciente real y al discurso analítico”, como su “engaño singular”.

Gabriela Galarraga, psicoanalista, AME de la ELP y de la AMP.

 

Notas:

  1. Pfauwadel, Aurélie. Del sinthoma como collage surrealista, Testimonio del Pase en Barcelona durante el XI Congreso de la AMP, 3 de abril del 2018.