La Neuro-Creencia | Felicidad Hernández

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Bilbao, 14 de marzo de 2019. Espacio hacia Pipol-9.

La neurociencia aboga por encontrar en el cerebro la llave de la vida psíquica.

No nos referimos a los avances médicos en la curación de daños neurológicos o enfermedades orgánicas, no es de la salud física por lo que se interesa esta rama de lo “neuro”, sino de encontrar el origen de nuestra conducta en la actividad neuronal y, por tanto, poder modificarla y controlarla.

Partamos de las buenas intenciones que anima a esta neuro-creencia de que la vida humana y sus acciones se puede explicar como una máquina, plausible de modificar lo psíquico si se manipula el cerebro, pero toda intención implica unas consecuencias que, retroactivamente confirmará o anulará la bondad o no de dicha intención. Y vemos que implantar la creencia (insisto en lo de creencia, ya que no se apoya en ninguna evidencia) de que nuestros afectos, amores y odios, apetencias e inclinaciones tienen su origen y su ley en dicho órgano, tiene efectos y modifica el concepto de lo humano.

Reducir el goce del viviente a puro organismo, cuantificar el sujeto del deseo a individuo programable, reducir el síntoma psíquico a un desorden neuronal que se puede eliminar con la manipulación técnica o química, nos abre un horizonte sombrío de la subjetividad humana.

Pero sigamos pensando en las buenas intenciones: se trata de encontrar la respuesta que nos dé, por fin, la seguridad sobre la existencia del ser, poder hacer realidad la igualdad democrática, ser todos idénticos y comparables y, por tanto, poder gestionar y dominar las poblaciones para que todos seamos felices.

La cuantificación nos hará libres del goce insensato, de las pulsiones que nos invaden, de los actos violentos que trastocan la armonía colectiva.

Un ejemplo:

El día 8 de marzo, se publicó la noticia de que el ministerio del interior ha paralizado un experimento que aprobó el anterior gobierno. Experimento que se estaba llevando a cabo en las cárceles de Córdoba y Huelva desde el año 2016, que consistía en practicar estimulación cerebral en los dos hemisferios a la vez (este detalle debe ser muy importante) en presos violentos para “calmar las conductas más agresivas”.

Este “proyecto” está “suspendido hasta que se conozcan las conclusiones de un informe de salud penitenciaria”.

Es decir, que no es su eliminación apelando a la más elemental ética y dar una respuesta política en el sentido más digno del término, sino que se quieren asegurar un “informe científico” para hacer un pronunciamiento administrativo.

A partir de esto, se puede jugar con la hipótesis macabra de que si este experimento tiene éxito en sujetos que ya han demostrado su violencia, una buena política (y aquí el término pierde su respetabilidad) de prevención sería atajar esa violencia antes de que se cometa. Por lo tanto los que tuviéramos el gen de la agresividad, una buena estimulación cerebral en ambos hemisferios a la vez (esto es fundamental) a tiempo, evitaría los desórdenes y los asesinatos.

La fantasía de convertir lo real propio inasimilable en “neuro-real”, nos abre la ilusión de poder aniquilarlo, sellar su agujero para siempre con la técnica cerebral, ya que el intento de taponarlo, con los miles de objetos producidos para nuestra satisfacción, muestra su fracaso en anestesiar el goce efecto de ese agujero.

Y se podría erradicar así, y de paso, el registro simbólico y por tanto el inconsciente; nada de significantes por los que un sujeto se hace representar y con los que construye sus lazos con otros a falta del significante último y verdadero que diría “la” relación, y que tantas incertidumbres, sufrimiento y dudas nos acarrean. Si la verdad está en la neurona, todo solucionado, nada que analizar ni replantearse.

Se trataría de “la imaginería cerebral de lo mental”, de ser “un Yo como imagen ideal de sí mismo” (frase que tomo del argumento escrito por Ives Vanderveken para PIPOL 9).

No deja de remitir a la idea de una nueva religión, la divinidad-ciencia que, sabiendo qué es la naturaleza humana, nos librará de buscar el sentido de la vida.

Desde luego, nos ahorraría tener que preguntarnos sobre el goce que nos empuja a la vida a cada uno, de manera singular. Y de tener que construir un saber sobre qué deseo nos orienta en nuestra existencia. Y por supuesto, nos ahorra tener que hacernos responsables de nuestros actos.

Pero todo tiene un precio: la destrucción de la dignidad humana.

Felicidad Hernández, miembro de la ELP y la AMP en Bilbao.