Una Escuela antitotalitaria | Esperanza Molleda

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En el nuevo espacio de trabajo y conversación “Haciendo Escuela” creado por iniciativa de la nueva Junta Directiva de la sede de Madrid (Celeste Stecco, directora, junto con Blanca Cervera, Pía López Herrera y Constanza Meyer) partimos, como textos de trabajo, de “D’Écolage”, del 11 de marzo de 1980, en el que Lacan da algunas claves para la refundación de la Escuela tras su disolución el 5 de enero del mismo año, y “La teoría de Torino acerca del sujeto de la Escuela”, intervención de J.-A. Miller en el primer Congreso de la Scuola Lacaniana di Psicoanalisi, el 21 de mayo de 2000, en el momento en que dicha Escuela estaba en proceso de formación.

El aspecto concreto alrededor del que se nos invita a pensar es: “Una Escuela antitotalitaria”. El título parte de una referencia concreta en el texto de Miller en el que contrapone la sociedad de psicoanalistas formada a partir del deseo de Freud con la Escuela de Lacan. Miller entiende que la sociedad de analistas creada por Freud está guiada por la lógica edípica/fálica, y la describe de un modo que se asemeja mucho a los regímenes totalitarios: un Uno de la excepción rodeado de una élite de hermanos que sostienen la existencia de un universal. A este tipo de sociedad, Miller opone la Escuela formada a partir del deseo de Lacan, que estaría ligada a la lógica del no-todo, donde no habría un Uno de la excepción, sino más bien, nos dice Miller, “un conjunto de excepciones, de soledades no parangonables las unas con las otras”, que daría lugar a un conjunto “antitotalitario” por excelencia regido por la función de S (Ⱥ).

Estas soledades, dice Miller, son sujetos barrados, fijados a significantes-amo y habitados por la extimidad de un plus de goce particular para cada uno.

La pregunta sería para mí cómo se consigue sostener y sostenerse uno en este lugar. Desde luego, sabemos que no es por la vía de la mera declaración de intenciones, o del ejercicio consciente de la fuerza de voluntad.

La tendencia subjetiva al enfrentarse al territorio del no-todo es hacerlo bajo la lógica fálica, defendiéndonos por medio de lo que llamamos “crear ser” en contraposición a la dificultad que implica “ex –sistir” sosteniéndose en la propia singularidad “inexplicable”. Los medios por los que la subjetividad “crea ser” son sospechosamente similares a los mecanismos en que se basan las organizaciones totalitarias a nivel colectivo, si seguimos al menos a Hannah Arendt (1.- Alianza entre la masa y el líder- élites; 2.- Lógica del amigo-enemigo, construcción ideológica del enemigo; 3.- Aparato de difusión propagandística de la ideología; 4.- Sistema policial para detectar disidencia). Por ello, sostener una comunidad de analistas “antitotalitaria” implica, y esta es mi propuesta, dos puntos de anclaje. Por un lado, que cada uno de sus miembros tenga el compromiso de estar atento a las propias derivas de los mecanismos “micrototalitarios” de la estructura subjetiva. Y por otro, que la propia comunidad cree y sostenga mecanismos que contravengan las tendencias a la “totalitarización” que existe en todos los colectivos.

Veamos pues algunos aspectos en los que se sintonizan las tendencias subjetivas con el riesgo de “totalitarización” de las comunidades y algunos inventos de Lacan para contravenirlos en la Escuela.

1.- Una de las tendencias subjetivas para enfrentarse a lo Real es construir y sostener un Otro completo en el que se supone un saber y un poder sobre el que el sujeto descansa, para escapar así del encuentro con el agujero que este Real implica. A nivel colectivo lo que encontramos como consecuencia de este mecanismo subjetivo son: unos pocos sujetos dispuestos a colocarse en el lugar de excepción del Otro completo que sabe y puede, y unos otros muchos disponibles para situarse en dos niveles de la fratria, el de las “élites” y el del “pueblo”. Conocemos por Totem y tabú y por Psicología de las masas algo del funcionamiento de estas comunidades. Mientras cada uno de nosotros en nuestro análisis nos encontramos con la caída de este Otro completo y nos vemos abocados a salirnos del lugar de hijo “preferido” o no, Lacan propone varias estrategias para su Escuela con el objeto de fracturar esta tendencia “totalitarizante”: la permutación periódica de los lugares de dirección de la comunidad; la fragmentación del liderazgo en gradus y jerarquía, o la base del trabajo de la Escuela en pequeños grupos al modo del cartel, de duración limitada en el tiempo, liderados por la figura del “más-Uno”, con la exigencia de una producción singular de cada uno de sus miembros y con el compromiso de exponer tanto sus producciones como sus crisis.

2.- Otro de los mecanismos subjetivos para no enfrentarse a la esfera que queda más allá del orden fálico es crear y recrear un yo apoyado en el eje imaginario a-a’, en la tensión sostenida entre el yo ideal y el rival. La consecuencia a nivel colectivo de este mecanismo es la construcción y reconstrucción del enemigo para así dejar bien delimitado el dominio del nosotros ideal. En la historia de las comunidades de los analistas ha habido distintos momentos en los que se ha llegado a este impasse imaginario. Sin duda, son momentos en que las estrategias de las que hablábamos en el punto anterior han fracasado y se ha requerido entonces de un “acto” por parte de “al menos uno” de los miembros de la comunidad: responder a la “excomunión” con la creación de la Escuela (1964), recurrir a la disolución de la Escuela para volver a fundarla desde otro lugar (1980), aceptar una escisión y crear una asociación de Escuelas, AMP (1990) han sido algunos de los actos necesarios para romper con esta dinámica sostenida en el mecanismo subjetivo imaginario. Poder aligerar las ataduras con el propio narcisismo tanto a nivel individual como colectivo es necesario para hacer existir una Escuela “antitotalitaria”.

3.- Crear una escena en la que se conjugan y en los que se intenta dar estabilidad a la relación entre el sujeto dividido, el objeto y el Otro a través del fantasma es otro ardid subjetivo para enfrentarse al ámbito del no-todo. A nivel colectivo encontramos su contrapartida en la creación, difusión, reiteración y adhesión de una ideología compartida que hace una lectura determinada de lo Real y que es ciega respecto a otras lecturas posibles. Lacan propuso en este sentido el compromiso de los miembros de exponer sus producciones clínicas y epistémicas “a cielo abierto”, tanto los logros como los impasses, así como estar bien atento a las elaboraciones que se hacen desde otros discursos. Como Miller habló, en Turín en mayo de 2017, es necesario cierto grado de heretismo y heterodoxia a la hora de hacer estas aportaciones: separarse y no solo alienarse al discurso compartido para sustentar así una Escuela antitotalitaria.

4.- Como la lógica fálica no permite “representar” lo Real, el sujeto siempre se encuentra enfrentado a este “límite”, la dinámica subjetiva desarrolla así otra artimaña más para no enfrentarse al “no todo”: la inspección y la exigencia del superyó. No es que exista la dificultad de habitar el “no todo”, solo es que no hemos hecho lo suficiente o no lo hemos hecho suficientemente bien. El riesgo “totalitario” en la esfera colectiva toma forma de inspección evaluativa y correctora de las disidencias. Algunos sujetos asumen para sí la tarea de denunciar que es lo correcto o lo incorrecto en nombre del Ideal de la institución. Poder preservar, en este sentido, el agujero de saber que implica el compromiso con lo Real por el que apuesta el psicoanálisis lacaniano y dar lugar para que la singularidad de cada miembro de la comunidad haga su propia interpretación y pueda adherirse transferencialmente con cierta flexibilidad permite limitar esta versión de la tendencia “totalitarizante”.

Tomando términos de “D´Écolage” propondría que una Escuela antitotalitaria nos plantea el reto de pasar de “la necesidad de sindicarse” ante la dificultad de tener que sostener “el no saber ante lo Real” a “las ganas de ex –sistir” (etimológicamente, tomar posición hacia afuera) no sin los otros y apoyándonos en el propio análisis llevado hasta el final, en el control de la clínica y en el compromiso de elaborar y exponer un saber singular acerca de todo ello, desde la soledad “no parangonable” de cada uno de los que pertenecemos a la Escuela.

Esperanza Molleda, psicoanalista en Madrid, miembro de la ELP y AMP.