¿Qué hay de nuevo, viejo? | Míriam Pérez

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Trabajo del cártel “¿Cómo las adolescencias que interrogan la época?”, presentado en la mesa “Usos del significante” en las Jornada de Carteles celebrada en la Comunidad de Cataluña de la ELP el sábado 10 de noviembre del 2018.

Los actos, las palabras, las manifestaciones de las vidas de los adolescentes pueden ser leídos como una pregunta – o denuncia – sobre la época o el momento en el que vivimos, casi a modo de diagnóstico de lo social. Tomo a Bugs Bunny y su conocida frase como título del texto, a modo de analogía con los desafíos de las adolescencias que a menudo nos interrogan, si nos dejamos.

¿Qué hay de nuevo en las adolescencias o en sus manifestaciones?

Pensemos primero algunos avatares en el paso de la infancia a la pubertad. De un lado, suceden los cambios en el cuerpo y en su imagen, y de otro, el ‘despertar’ de la sexualidad que comporta el encuentro con un goce, un real que irrumpe en el cuerpo que los adolescentes tratan de simbolizar, de representarse en una suerte de misión imposible. Ante este desborde, se pone de manifiesto la insuficiencia del Otro para dar cuenta del real que está en juego, mostrándose lo indecible del goce ante la urgencia de responder con una identidad y una relación, justamente la no relación sexual.

Lacan sitúa en la adolescencia el hecho por el que el sujeto pasa de la posición infantil de deseado a la posición de deseante, y para ello, como falta de objeto. Enlazamos con lo que nos dice Freud en “La metamorfosis de la pubertad”, señalando que se constituye una nueva relación con el objeto, una nueva elección a partir de la desinvestidura de las figuras parentales, que permite el encuentro con un objeto exogámico, un partenaire sexual en el exterior del propio cuerpo. En este momento se hace más presente la diferenciación o alteridad de los sexos, y aparece la necesidad de dar respuesta a un nuevo modo de satisfacción. El adolescente atravesado por la pulsión en el cuerpo, deberá entonces situarse en una posición deseante que le sea propia, sin el velo alrededor del enigma de la sexualidad, sin los semblantes que prometían una cierta garantía de regulación y relación.

En la adolescencia, pues, hay un no saber qué hacer frente a lo que se presenta como extraño al sujeto: la sexualidad, el cuerpo, su identidad, el enigma de la vida… Si bien esto es lo ‘viejo’ que viene a suceder, ¿qué nos dicen o interrogan sus respuestas en cuanto a la época que vivimos? Precisamente, como señala J.-A. Miller en “En dirección a la adolescencia” es sobre los adolescentes donde se hacen sentir con mayor intensidad los efectos del orden simbólico en mutación, ante todo la principal de éstas: la decadencia del patriarcado.

Vayamos atrás. Freud habló de un malestar en la cultura donde resaltaba la importancia del agente de la castración, donde había un conjunto de valores socialmente admitidos y donde el Ideal del Yo era un modo de contener el goce, el cual suponía y otorgaba consistencia al Otro. Aquella era la época del Nombre del Padre, donde los ideales eran organizados y regulados en su funcionamiento por la existencia de un Otro. La familia tenía especial importancia y poder, con posibilidad de crear y sostener el lazo social, otorgando valor a la renuncia pulsional ante los límites que la cultura imponía. La noción del padre se centraba en la privación, castración y frustración de un objeto, y ordenaba – no sin consecuencias ni malestar, obviamente – la subjetividad del niño y el adolescente.

Posteriormente, ese Otro se resquebrajó, quedó debilitado tras agujerearse los semblantes que sostenían el Ideal. J.-A. Miller y É. Laurent lo precisaron en su seminario “El Otro que no existe y sus comités de ética”, señalando una nueva época de errancia, con un nuevo aparato simbólico debilitado, un Otro inconsistente. Las relaciones de la sociedad se burocratizaron, mandando la cifra y desapareciendo la responsabilidad de los que estaban el poder: el estado, la medicina, las escuelas pasaron a medir, evaluar, controlar. Sin un Otro que respondiese, que ocupase un saber, que fuese garante, se alzó en su esplendor el objet o plus de goce, desligado de cualquier ideal, operando como tapón de la castración. El capitalismo feroz empujó a la satisfacción directa, haciendo que el imperativo contemporáneo no sea más que un “¡Goza!”.

Este imperativo deja al adolescente aún más indefenso ante su encuentro con lo real del goce que irrumpe. Al decaer el valor de la función paterna en tanto agente de castración, el adolescente cae en un goce desbordante buscando que el Otro sea consistente. No hay un Otro en el que inscribirse, no hay un Otro nombrable. Los modos sintomáticos de respuesta a este simbólico debilitado toman la vía del acto y del ponerse en riesgo, resultan tentativas de inscribir un límite como vemos en los cortes, los tatuajes o las perforaciones del cuerpo.

El desfallecimiento o debilitamiento del lazo social intenta suplirse con un ‘nuevo’ Otro, con características peculiares: el mercado. Inmersos en un hiperconsumo que ha llegado a niveles desorbitados, vivimos en un sistema de producción incesante de gadgets bajo la ilusión de colmar al sujeto, que parecen comandar la manera de gozar y regular los intercambios sociales bajo las reglas del mercado. Si bien en la adolescencia se abre un tiempo para construir una respuesta sobre el deseo y el modo de satisfacción, la cultura del consumo frenético obtura un momento de concluir con su incesante oferta de posibilidades, sin que haya espacio para preguntarse. El consumismo actual no tiene el objetivo de satisfacer un deseo subjetivo, más bien es el de producir sujetos de la posesión, sirviéndose de dejarlos siempre en falta. Todo es mercancía, y toda mercancía producida en este sistema no puede ser más que un objeto efímero, ya caduco en el momento de su adquisición, y destinado esencialmente a ser reemplazado por un nuevo objeto más prometedor, y así sucesivamente.

En esta lógica de mercado que cae sobre los adolescentes se les agrega un plus a tener en cuenta: los jóvenes se constituyen objetos de consumo per se. La publicidad se dirige a ellos y los tiene a la vez como protagonistas, incluso vemos que sus referentes, sus influencers, son sus semejantes, no están en el ‘mundo de los adultos’. Son los jóvenes quienes provocan la admiración de los adultos, quienes los ubican en un cierto lugar de modelo o ideal: se adolescentiza así la adultez bajo un imperativo que sugiere instalarse en la adolescencia, en mantenerse ahí todo lo que se pueda.

Ha habido también transformaciones importantes en la transmisión del saber, el cual antes era depositado en los adultos, educadores y padres, siendo necesaria su mediación. Actualmente éste está disponible a demanda, con una simple consulta al gadget que tenemos en el bolsillo. “El saber está en el bolsillo, no es más el objeto del Otro”, dirá Miller aludiendo a Lacan en su afirmación de que el psicótico tiene su objeto a en el bolsillo, y justamente no tiene necesidad de pasar por una estrategia con el deseo del Otro. Vemos así como la comunidad educativa intenta mutar también en su intento de enseñanza, digitalizándose, proponiendo suplir libros por portátiles, profesores por pantallas, abriendo debates sobre innovación que no acaban nunca de encontrar la fórmula, la medida para cautivar lo suficiente y captar el interés de unos jóvenes que han crecido en la caída del gran Otro del saber.

De entre los muchos aspectos que tiene la incidencia de lo digital, encontramos también la extensión del universo de lo posible, de mundos posibles. Lo digital brinda la fantasía de que todo es posible y está permitido (y exhibido). Esta multiplicación de lo posible puede traducirse para algunos jóvenes en una dilación infinita, aplazando la elección a lo más tarde posible, hecho que también prolonga la adolescencia. Estar ante varias hipótesis sin elegir ninguna y probándolas todas un poco, es la posición subjetiva del adolescente.

Por otra parte, un aspecto fundamental de nuestra época ha sido la constitución de comunidades de goce, como forma de hacer lazo a partir de una manera de gozar. A falta de una distribución de los modos de gozar, éstos se mezclan y al mismo tiempo se segregan. Encontramos agrupaciones que posibilitan una salida alternativa al aislamiento (toxicómanos, anoréxicas, bulímicas, trans…) en grupos de identidad donde se consiguen conquistas comunes, se construyen nombres que amparan, se hacen comunidad por el derecho al goce. Estas comunidades disuelven las particularidades en pos de un “todos” universal, proporcionando un espacio de inclusión para los sujetos que las habitan. Sobre todo, a través de las redes, en multitud de blogs y foros de internet, el sujeto busca relacionarse con un otro que tenga un rasgo común que unifique. Estas comunidades virtuales atemperan la angustia de la soledad del sujeto a veces sin otra comunidad de pertenencia más sólida.

Esto se ha extendido de alguna manera también al campo de la salud mental que cada vez más opta por agrupar, segregar a los sujetos en torno a una patología cada vez más imprecisa y difusa porque sólo toma en cuenta signos, disfuncionamientos conductuales y/o somáticos. Una vez nombrado el significante que aglutina a los sujetos, estos quedan segregados, marcados e identificados con dichos significantes. Hay un significante que nombra y que parece que por sí mismo da la respuesta. Es un riesgo que corren hoy los adolescentes: quedarse fijados a un diagnóstico, encontrando su lugar en una etiqueta del catálogo de trastornos que no dice nada ni hace pregunta sobre su subjetividad, que solo ofrece una identificación común fuera de significación para el sujeto.

A modo de conclusión, vemos que las adolescencias hoy no se manifiestan como las de ayer, éstas fluctúan, varían, según la época. El nuevo orden y discurso social tiene efectos en el tiempo lógico de la adolescencia. Franquear ese umbral con frágiles modelos de identificación y bajo un imperativo social que empuja a un goce imparable, a un todo es posible, conduce a una encrucijada singular para cada adolescente. Producir algo nuevo ahí, una invención particular con la que atravesar el túnel, requerirá un tiempo y un acompañamiento para buscar la causa del deseo y su salida.