Reseña presentación del libro “Freud, un despertar de la humanidad” de Vilma Coccoz | Olga Matarán

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El pasado Enero tuvo lugar en Granada la presentación del libro Freud, un despertar de la humanidad, de Vilma Coccoz, a cargo de Mª José Olmedo y Mónica Francés (sede de la ELP de Granada). Se produjo en la Corrala de Santiago y en un formato de conversación alrededor de preguntas que surgieron de un cartel de trabajo constituido expresamente para la ocasión.

Comienza la autora señalando lo que significó el descubrimiento del inconsciente, ni más ni menos que otra lógica que rige otra realidad, lo cual supuso un verdadero despertar del sueño de la razón (el inconsciente nombrado como la otra escena). El descubrimiento freudiano permite una manera propia de abordar el sufrimiento y da un lugar privilegiado a la palabra y al lenguaje, lo que Lacan nombrará como “el radical materialismo de la palabra”.

A la pregunta qué ética y política para el psicoanálisis, Vilma Coccoz responde de manera exquisita en su libro: “esta invención freudiana constituye un hecho de caridad increíble, por haber ofrecido un lugar en el que las miserias humanas puedan decirse en lugar de desparramarse en la errancia de goces tan ignorados como inútiles”. Luego Lacan llevaría a cabo una auténtica traducción de los textos freudianos, dando paso a una clínica de separación del objeto, de la pérdida, de la falta, señalando, en definitiva, la importancia del Otro en la constitución subjetiva.

A la cuestión de la escucha y la palabra en el dispositivo analítico y por qué parece que hay que aprender a escucharse, Coccoz nos pone el ejemplo de la dificultad de escucharse en momentos de tensión y en la vida en pareja. Sin embargo, en un análisis, un sujeto tiene la oportunidad de saber un poco lo que dice cuando habla, porque en general se desconoce esta dimensión inconsciente de la palabra; se habla sin saber muy bien qué se dice. Y añade un ejemplo diáfano: las reuniones de equipo de las instituciones, donde hay que tratar de cuidar la obscenidad imaginaria (del equipo) para dejar paso a lo más importante (el caso): ¿qué fue lo que produjo el hallazgo del sujeto? Freud descubre que esa realidad, tan tremenda para un ser humano, tiene que ver con cómo se fue haciendo con la vida, ni siquiera los autistas prescinden de los demás, el autista quiere saber de los otros, pero tiene sus dificultades. Cada uno de nosotros se ha ido formando en relación con los demás, Freud inventó un lugar donde todo eso puede pasar al decir.

Los sueños son la vía regia hacia el inconsciente, tienen un saber cifrado y precioso. A las personas les pasa normalmente que desprecian su saber inconsciente, despreciando así lo más valioso que poseen. Necesitamos un psicoanalista para saber de nuestro saber inconsciente, que es la clave de nuestra existencia: “Un saber que no sabemos que tenemos”.

Asímismo señala Vilma Coccoz que el artista, con su saber inconsciente, crea. Mas no todo el mundo puede hacer algo con sus padecimientos y con las palabras que le enferman.

Otra pregunta versaba sobre el psicoanálisis y sus detractores. Al respecto, la autora hace un pequeño recorrido histórico y comenta que cuando algo nuevo se introduce, la respuesta inicial suele ser el rechazo, de tal modo que el psicoanálisis no fue una excepción, pero a medida que se fue acercando gente al psicoanálisis y se vieron los efectos de la cura por la palabra (los discípulos de Freud comenzaron a tratar las neurosis de guerra en la primera contienda europea), las reticencias iniciales disminuyeron. En ese devenir, apunta que lo que ha sido muy negativo para la humanidad –por tanto, también para el psicoanálisis– es el nazismo. Cuando este llegó, se exterminó una civilización. Con la quema de los libros de Freud en los años 30, se quería acabar con un modo de concebir al ser humano. Por el contrario, la psicología de Jung pasa a formar parte de los ideales terapéuticos del nazismo. Los psicoanalistas tuvieron que huir, y muchos adaptaron el psicoanálisis a la modalidad psicoterapéutica.

Frente a los detractores de ayer y hoy, recuerda Coccoz, por un lado, la posición ética y política de Freud sobre la homosexualidad en “Tres ensayos para una teoría sexual”: el psicoanálisis no pretende tener una idea acabada de la sexualidad humana; y, por otro, que Lacan dijo que Freud y Marx no están superados, porque la verdad no puede superarse.

Otra pregunta interrogaba por la clínica con niños. El saber de los niños debe ser respetado, los niños saben mucho más que lo que los padres suponen, tanto de los secretos familiares como del deseo de los padres, precisa Vilma Coccoz de una forma preciosa: “Se trata de las pesquisas que cada uno hizo en su infancia, escuchando lo que no había que escuchar… Lo más importante, respecto al género, es el género clandestino: lo que los niños hacen intentando saber qué diferencia a los hombres y a las mujeres”. Hacerse con la existencia como ser hablante es un trabajo enorme, la verdadera experiencia se realiza en el intercambio con los demás. Hay que observar cómo determinados acontecimientos cobran una importancia crucial en la vida de un sujeto. Lo que importa es que cada cual pueda avanzar en la vida con lo que es “su asunto”. A veces queda de lado porque hay otros asuntos que se hacen más poderosos: protegerse para no trabajar sobre lo que hay que trabajar.

A las preguntas de cómo se le ocurrió escribir este libro y a qué deseo responde querer contar el descubrimiento freudiano, contesta Coccoz que el libro es resultado de muchas lecturas a lo largo de los años, si bien –añade– “cuando me pierdo, siempre vuelvo a Freud. Y no sabríamos de Freud sin Lacan, pero tampoco sabríamos de Lacan sin J.-A. Miller”.

Otra pregunta versó sobre la mujer y la madre: en la relación con la madre, ¿por qué da la impresión de que hay consecuencias psíquicas más graves para las niñas que para los varones? Freud descubrió que había una zona de la subjetividad femenina que había escapado a la clínica. El Edipo es la lógica donde se subjetiva el deseo humano, el objeto de amor. No es una construcción natural. El sujeto está marcado por las primeras relaciones y cómo se establecieron. Esa complejidad y cómo se sitúa cada uno ahí es lo que Freud llamó complejo de Edipo. Es una orientación para el deseo y es un recorrido que se hace con dificultad y deja síntomas. Tiene que haber un tercero que impida que se forme esa célula enfermiza de la madre con su objeto. La historia de cada quién se va fraguando con estas cosas, sutiles y decisivas para la vida de un sujeto. Freud dijo que la única relación sin ambivalencia (amor/odio) es la relación de la madre con su hijo varón.

A la pregunta de si las mujeres fálicas son figuras de rechazo de la feminidad, Coccoz nos dice que Freud para nada consideraba que la feminidad estuviera reñida con las mujeres fálicas. De hecho, Miller, años después, habla de “el irresistible atractivo del falo femenino”. Subraya Vilma que Freud decía “esto es lo que yo sé”, pero quedan muchas puertas abiertas. Lacan avanzó por ellas.

Hay un apego a pensar la teoría freudiana como machista, lo que constituye una verdadera cantinela. Cuando se estudian seriamente los textos analíticos, vemos que no es así, la madre tiene el poder de ser el falo: no hay más poder que ese. El problema no es el patriarcado, es el desvarío del goce; hoy día se ha perdido la brújula para orientarse y lo observamos en la cantidad de pasajes al acto.

El falo, en el discurso analítico, es el significante del deseo. La mujer quiere el símbolo que porta el otro en su cuerpo (porque le parece que ahí, hay algo importante). Si nos acercamos sin prejuicios al psicoanálisis, encontramos muchas respuestas que hacen más fácil los difíciles problemas de la gente.

A la cuestión de la alerta que suscita la presencia de un psicoanalista en cualquier reunión por la posibilidad de “hacer de una conversación un análisis”, la autora nos habla de la interpretación continua según el fantasma de cada cual y cómo un análisis es otra cosa bien distinta: ese modo de hablar del sujeto –que sólo tiene lugar en la sesión analítica–más la puntuación e interpretación del analista, ese modo tan particular de intervenir que permite un progreso en el analizante porque produce una rectificación subjetiva en el desorden del que uno se queja. Es una oportunidad que contraría al destino, el psicoanálisis abre ese espacio para preguntarse por las elecciones y decisiones con mayor conocimiento de causa y así, evitar que la vida se convierta en una cadena de justificaciones. Es necesario que alguien se calle para que en ese hueco alguien pueda tomar, en su propio nombre, la palabra.

Hubo algunas otras cuestiones, pero lo dejaré aquí, remarcando la importancia de “esta oportunidad que contraría al destino” y cómo el encuentro con un analista puede llevar a tomar la palabra en nombre propio.