Reseña “Las psicosis ordinarias y las otras bajo transferencia” | Diana Lerner

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El día 20 de febrero de 2018, en la 6ª conferencia preparatoria del XI Congreso AMP celebrado en abril de este año, el tema desarrollado fue “Psicosis infantil y autismo”, a través de las presentaciones de Eva Rivas y Graciela Kasanetz y con la coordinación de Rosa Liguori.

En su introducción al tema de la mesa, Rosa Liguori comenzó planteando la importancia de la interacción entre la psiquiatría y el psicoanálisis en el abordaje de las psicosis desde una perspectiva que tenga su eje en la clínica actual. En efecto, dicha interacción se basa en la utilización por parte del psicoanálisis de las conceptualizaciones y formulaciones de la psiquiatría (especialmente la alemana y la francesa) y la incorporación por parte de la psiquiatría de las aportaciones del psicoanálisis, con un punto de encuentro entre ambas que sigue siendo la clínica. El psicoanálisis convoca a rescatar esta perspectiva, en un momento en que la nosología psiquiátrica del DSM y el CIE-10 ha excluido la palabra psicosis, quedando reducida a un adjetivo: trastorno psicótico breve, trastorno psicótico compartido o trastorno psicótico debido a enfermedad médica o inducido por fármacos.

Otro punto de encuentro entre psiquiatría y psicoanálisis es el aporte epistémico de ambas disciplinas ante el malestar psíquico del sujeto contemporáneo, siendo un desafío y también una obligación ética el que ambas disciplinas den cuenta de ello.

Con respecto a la clínica del psicoanálisis con niños, Rosa Liguori señala que, tomando lo que plantea Lacan en el Seminario 3, a diferencia de lo que sucede en las neurosis, la psicosis no tiene una prehistoria como sucede con la neurosis infantil, por lo cual en tanto no hay psicosis infantiles, nos referiremos a las psicosis en la infancia.

Tomando como referencia el desarrollo de Silvia Tendlarz sobre la historia de este concepto, señala que la noción moderna de psicosis infantil proviene de la introducción de Bleuler al diagnóstico de esquizofrenia (1911), y substituye al de demencia precoz kraepeliniano, mientras que Leo Kanner introduce en 1943 un nuevo término: “autismo infantil precoz”, donde “El denominador común (es)… su imposibilidad de establecer desde el mismo comienzo de la vida conexiones ordinarias con las personas y situaciones”, y donde el niño vive el mundo exterior como una amenaza no localizable. Desde una perspectiva lacaniana: sin un orden simbólico los cuidados no son vividos como tales, sino que se vuelven una intrusión.

Actualmente, cierto debate ocupa al medio analítico de orientación lacaniana: ¿el autismo es una forma de psicosis o debe ser diferenciado? ¿Es un “estado” o pertenece a una estructura clínica? Los desarrollos teóricos del siglo XXI han llevado a Éric Laurent y a Jean-Claude Maleval, a distinguir el cuadro de autismo de la psicosis. Ambos apuntan a que no hay delirio en el autismo puesto que el delirio psicótico conlleva siempre algo de lo imaginario del cuerpo que falta en el autismo, donde se trata de un sujeto sin cuerpo y sin imagen que se defiende de su angustia a través de su mundo cerrado.

Eva Rivas comienza planteando que, aunque autismo y psicosis infantil son dos conjuntos aparentemente disjuntos, con cierta frecuencia se da una intersección entre ambos. Con respecto a la psicosis infantil, la psiquiatría a partir de los años 70 la asimila a la esquizofrenia y la diferencia de los llamados “trastornos del neurodesarrollo” (síndromes de Kanner y Asperger).

Por su parte, el psicoanálisis define la psicosis a partir de una falla en la constitución subjetiva en el estadio del espejo y por la forclusión del Nombre del Padre. Así, el niño psicótico queda capturado en el fantasma materno, como objeto que se ofrece al goce del Otro; su no inscripción en el Edipo estaría también presente en el niño autista.

Rosine y Robert Lefort ubican en los años 80 al autismo como una psicosis, pero luego lo diferencian sobre la base de la ausencia de delirio en el primero y de una forclusión más radical, que es la de la bejahung, diferente de la forclusión del Nombre del Padre presente en la esquizofrenia.

A raíz de una epidemia de autismo en el siglo XXI los autores de la comunidad analítica, en base a los desarrollos de Jean Claude Maleval y de Éric Laurent, reconocen al autismo como una entidad separada de la psicosis: en el primero no hay delirio pues el delirio psicótico conlleva siempre algo de lo imaginario del cuerpo que falta en el autismo.

Luego presenta el caso de un niño cuyos síntomas son una inhibición de las relaciones sociales, hipersensibilidad a las reprimendas maternas, apatía escolar, escrúpulos, alucinaciones y delirios propios de una psicosis floridamente desplegada. Pero habitualmente en los niños no hay un desencadenamiento brusco sino funcionamientos precarios con periodos de desestabilización o mayor desconexión de la realidad y alteración conductual. Cabe pensar entonces que la ausencia del significante forcluido de la cadena tiene un efecto en estos niños que no permitió nunca la estabilización.

Generalmente estas psicosis se muestran en la dificultad del uso de lo simbólico: son niños con acceso al lenguaje tardío y precario, con juego estereotipado, sin capacidad para el uso de roles, siendo sus manifestaciones clínicas bastante similares a las del autismo.

Eva hace un recorrido de la evolución de la nosología psiquiátrica: desde la no diferenciación entre autismo y psicosis infantil previa a los años 70 pasando luego por la inclusión del primero en ‘trastornos generalizados del desarrollo’, y haciendo una reseña de la nomenclatura de la CIE 9, DSM III, CIE 10, DSM IV y la clasificación francesa.

Fenomenológicamente, el diagnostico diferencial esquizofrenia /autismo se basa en que la alteración de la conducta social en la esquizofrenia es el aislamiento sin afectaciones más propias del autismo como la alteración de la comprensión de las claves sociales no verbales y los aspectos pragmáticos de la comunicación.

En la infancia la psicosis se manifiesta con trastornos del pensamiento: irracionalidad, intrusiones, pensamiento mágico, neologismos, confusión del pensamiento entre fantasía y realidad; perplejidad y facilidad para la confusión, delirio, incluyendo fantasías omnipotentes, preocupaciones paranoides, apego excesivo a figuras de fantasía, etc. En menores de 7 años los delirios son difíciles de distinguir del pensamiento infantil normal que puede tomar una apariencia formal delirante por lo inadecuado o incorrecto del contenido.

En el campo psicoanalítico se ha reivindicado el término psicosis infantil frente al de TGD, para subrayar que estos niños no sufrían solo de una patología del desarrollo; sin embargo, se ha demorado 30 años la posibilidad de pensar diferencialmente autismo y psicosis en la infancia. En el autismo se ve desde el inicio de la vida un aislamiento, una necesidad de inmutabilidad y una defensa radical; en la psicosis el delirio tiene una función reconstructiva poniendo en marcha el sujeto elementos de lo imaginario y lo simbólico del lenguaje, mientras que el autista no dispone de esos elementos.

Graciela Kasanetz enfoca la concepción actual del autismo desde el psicoanálisis lacaniano, partiendo de que la relación con el cuerpo no es natural, el viviente humano se encuentra inmerso en el lenguaje, que como un órgano se adiciona a su cuerpo de viviente. En el encuentro del viviente con la lengua, el infante humano tiene que consentir, en una elección forzada, en una insondable decisión, a perder algo de su goce de viviente, para inscribirse como un sujeto entre los humanos. Cuando el lenguaje muerde la carne del viviente, le ofrece a cambio de esa cesión un significante para nombrar esa pérdida: S(Ⱥ), y ese significante crea un borde topológico que hace frontera entre el Otro y el sujeto.

El goce del viviente que no ha entrado en el mundo simbólico se distribuye a través de los agujeros pulsionales, o zonas erógenas. El significante separa el cuerpo del goce, concentrando el goce en un objeto del cual el niño pueda desprenderse.

El autista tiene que hacerse cargo en solitario de las consecuencias de carecer de ese significante primordial, hacer frente al goce que le invade, modular las relaciones con los otros, arreglárselas con su cuerpo. En el autista, el significante no ha separado el cuerpo del goce, ha habido el encuentro con el agujero en el Otro, pero no ha quedado la marca, hay agujero, pero está forcluido.

Para Éric Laurent lo específico del autismo es la forclusión del agujero, y, como consecuencia de ello, el retorno del goce en un neo-borde. La no constitución estructural de un borde no permite alojar el goce dentro de los límites del cuerpo, y esta imposibilidad produce las crisis de excitación; el autista no tiene un cuerpo, es un cuerpo. El Otro es imprevisible y amenazador para el sujeto autista porque no puede separar una parte significantizada de su cuerpo para la castración del Otro, para su deseo. El Otro del autista demanda de él algo real.

En “Los espectros del autismo”, Laurent plantea que, a diferencia del retorno en el lugar del Otro en la paranoia y al propio cuerpo en la esquizofrenia, el autista intenta crear un “neo-borde,” una neo barrera corporal que actúa como una burbuja protectora, pero que a la vez le encierra. Así separa su mundo pacificado del mundo de los otros, inquietante y amenazador. Tendrá que trabajar mucho para construir ese borde y también para alejarlo cada vez más de su cuerpo y crear un espacio más amplio que le permita salir del aislamiento.

Maleval ha planteado que el autismo puede ser considerado un funcionamiento subjetivo específico caracterizado por la retención de los objetos pulsionales, particularmente la voz. El autista se defiende del surgimiento de la voz porque ésta pone en juego, de una manera para él insoportable, dos dimensiones: la enunciación y el goce vocal. La voz es un objeto pulsional que gobierna la identificación primordial, por lo cual la negativa a ceder el goce vocal afecta a la inscripción del sujeto en el campo del Otro.

Como señala Antonio Di Ciaccia, la clínica del autismo es una clínica de la palabra por fuera del sentido, y Maleval en su libro “El autista y su voz” escribe: “Cuando el clínico sabe borrar su presencia y su enunciación, mediante una indiferencia estudiada, mediante una palabra indirecta, como de quien habla para las paredes, le resulta más fácil entrar en relación con los autistas.”

En nuestra clínica del autismo es posible instaurar espacios de juego y de metonimia, ayudando a la construcción de un borde (cuando no lo hay), y a desplazarlo cada vez más lejos del cuerpo, cuando ya está construido.

Como contrapartida, la ideología de la evaluación y el control social desahucia a los desabonados del inconsciente, los expulsa al gulag de la domesticación y los empuja a encerrarse aún más en su infierno particular.

Como hijos de la lengua, el psicoanálisis ofrece a los autistas un partenaire para sostener su trabajo de inscripción subjetiva por fuera del abono al inconsciente, sin el auxilio de la Metáfora Paterna, sin el padre, pero no sin el nombre.

Graciela Kasanetz pasa a exponer un caso que da cuenta de una clínica por fuera del sentido, donde plantea que se trata de borrar la presencia y la enunciación, pero que hay que poner el cuerpo para permitirle al autista la constitución de una sintaxis mínima que le permite controlar mejor su cuerpo.