Presentación del libro “Niñ@s Hiper. Infancias hiperactivas, hipersexualizadas, hiperconectadas” de José Ramón Ubieto | Bárbara Gallastegui

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Biblioteca de Orientación Lacaniana (BOL) de la sede de Bilbao.

En primer lugar, agradecer la invitación a esta mesa, a la que se me convoca para decir algunas palabras, extraer algunas ideas, sobre un libro que transmite una realidad que, para quienes trabajamos en la práctica psi con la infancia, me atrevería a decir que nos zarandea en el encuentro cotidiano tanto con los niños y adolescentes, como con los diferentes actores que participan en el proceso asistencial: padres, profesores, educadores, pediatras etc.

El título del libro “Niñ@s hiper, infancias hiperactivas, hipersexualizadas, hiperconectadas” es muy sugerente y en su desarrollo podemos encontrar una oportunidad para pararnos a reflexionar sobre los cambios que, derivados de estos tiempos hipermodernos, podemos apreciar en los niños de hoy en día. Y también cómo esos cambios tienen su correlato en la clínica y en el modo de entenderla. Estamos en la sociedad del rendimiento y este libro viene a poner sobre la mesa que los niños no se libran, no se libran de la prisa, de estar a la última, del imperativo de ser felices o de la obligación de ser eficientes. Entonces los niños empiezan a dejar de ser tan niños. De hecho, la hipótesis inicial y que después recorre todo el libro es si estamos acabando con la infancia, al menos como la hemos conocido hasta ahora.

Es verdad que los tiempos cambian, y corren, hay muchas tareas y objetivos y muy poco tiempo para poder llevarlos a cabo. La vida se reorganiza y los niños han de adaptarse a la hiperactividad de la sociedad en la que crecen. Ahora los niños siguen el ritmo frenético de los padres, hay una lista interminable de actividades extraescolares que les espera a la salida de la escuela, (e incluso, a veces, en los tiempos del recreo donde las actividades están prediseñadas) y es que como se señala en el libro se les desea emprendedores, dominadores de idiomas, ases en los deportes, creativos y atrevidos para apostar o arriesgarse, y hasta con una identidad sexual clara y precoz y posiciones políticas definidas. En definitiva, se les quiere preparados para hacer frente a la voracidad del mercado capitalista, como pequeños adultos en potencia, porque se sabe que la competitividad no concederá prórrogas a los débiles.

Y así, dejándonos imbuir por la presión del rendimiento, vamos borrando las fronteras entre el mundo adulto y el mundo infantil. Ahora las niñas parecen casi vedettes, la era digital ha poblado de gagdets la cotidianeidad y los niños, en su condición de curiosos, que les es constitutiva, acceden sin velos y a golpe de click a realidades que hasta hace poco eran privativas del mundo de los adultos: porno online, venta de armas o de drogas, entre otras cuestiones. Podemos preguntarnos, ¿es sin consecuencias esta inocencia aniquilada?

Es innegable que la era digital permite un acceso a la información y un modo de relacionarse como nunca antes se había imaginado. Con grandes ventajas, si es que hay un adulto responsable que vele por la regulación del uso de los dispositivos. Pero, y esto es una constante que vemos cada día en la consulta, se escucha la queja insistente de los padres que se ven impotentes para poner límites, así como mermados de una autoridad que no consiguieron imponer.

Los autores hacen una lectura epocal de lo que está sucediendo, el declive del régimen patriarcal ha dado lugar a la emergencia de nuevos discursos, ya no es la autoridad represora la que organiza vía los ideales, sino que ahora es la ciencia y la tecnología las que se sitúan como referentes de la vida. La ciencia, o quizás más concretamente el cientificismo, evalúa e identifica todo aquello que sale de la normalidad estadística y lo señala como desviado. El hipercontrol, la hipermonitorización y la hiperpautación de la vida responden a esa utopía de que es posible el riesgo cero en términos de salud, de que se pueden poner diques a la incertidumbre. Cada día me sucede, e imagino que a todos a los que se nos supone un saber científico, se nos solicitan pautas, primero, como si hubiese unas pautas homogéneas y concretas que poner en práctica con determinado perfil de niño y, en segundo lugar, como si eso fuese garantía de que todo va a estar bajo control, que su resultado será el esperado y predecible. La cuestión es que la protocolización de la vida nos permite aferrarnos a una falsa seguridad, cuando lo cierto es que la vida es una vía abierta a los más diversos avatares.

Una cuestión sobre la que se profundiza ampliamente en el libro es la pasión actual por el etiquetado de los malestares de los niños como un reflejo de esta necesidad de clasificación que, al localizar el problema, al nombrarlo, parece que alivia a todos los intervinientes: padres, profesores, también a los profesionales…a excepción, quizás, de a los propios niños, condenados a identificarse a su patología, ignorando la subjetividad en juego. El acrónimo TDAH, bajo el cual sabemos que se engloban realidades muy diversas, es el ejemplo más claro. La hiperactividad de los niños se torna excesiva, desadaptada, y lo que son rasgos propios de los infans (el movimiento, la atención fluctuante o la impulsividad) se convierten en trastornos que hay que erradicar. Existe menos tolerancia hacia el fracaso o el tropiezo y nos encontramos con padres desorientados que demandan cómo hacer de padres.

Algunos datos que aportan los autores para pensar, ¿cómo entender que en 60 años se haya pasado de 100 a 500 trastornos mentales en la quinta revisión del manual diagnóstico estadístico (DSM)? ¿Cómo puede explicarse que se hayan multiplicado por 30 los diagnósticos de TDAH en nuestro país entre el año 2000 y el 2012? ¿Hacia dónde vamos ocupando el tercer puesto después de EEUU y Canadá, según un estudio internacional realizado en 2004, en recetar psicofármacos a menores de 17 años?

El libro permite dimensionar las patologías en boga en la actualidad: TDAH, trastorno bipolar, trastorno oposicionista desafiante, etc. alertándonos sobre los riesgos de encorsetar los malestares en una etiqueta psicopatológica de forma prematura, lo que no es sinónimo de obviar el problema, sino que de lo que se trataría es de contextualizarlo, evitando ceder ante la presión de una respuesta inmediata, muchas veces segregativa, patologizadora y desresponsabilizadora de la implicación que el sujeto pueda tener en su malestar.

Las respuestas posibles que se proponen en el libro pasan por sostener que la infancia necesita que se respeten sus tiempos, que se les acompañe a los niños y se le ofrezca la posibilidad de jugar, aburrirse y conversar, por considerar al terapeuta como formando parte del cuadro y no como mero observador de una supuesta realidad objetiva, por repensar el modo de llevar a cabo los estudios y, en definitiva, por darle valor a la palabra como vínculo terapéutico. Deshacerse un poco de esa idea de “la felicidad para todos”, del “cuánto más mejor” y del “siempre más”, porque el fracaso no es el problema, sino el no aprender de él y porque aburrirse, no es la dificultad, sino el inicio de la solución. Démosles a los niños, dicen los autores, un poco de “nada”, para que nos enseñen cómo ellos pueden hacer algo valioso, si tenemos la valentía de pararnos a escucharles.