Reseña del espacio “Hacia el IX Congreso de la AMP: Las psicosis ordinarias y las otras, bajo transferencia” | Soledad Bertrán

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Marta Serra: “Las psicosis infantiles”.

Modera Vicente Palomera

Hay sujetos que no pueden mimetizarse sino que llaman la atención de su entorno, produciendo fascinación y rechazo. Son extranjeros de la humanidad, el mundo les es inhóspito. Se sintieron rechazados en algún momento, pero tienen el lenguaje a su disposición y lo usan a la perfección, sin que eso implique estar dentro de un discurso. De esta manera introdujo Marta Serra el caso que presentó, sobre un adolescente al que atendió en una escuela de educación especial.

A grandes rasgos, podemos decir que era un sujeto con grandes dificultades para habitar su cuerpo y alimentarse; cualquier intento de regulación producía estallidos y destrozos: el orden del mundo no le servía. Había tenido diversos diagnósticos, que acogía con una medio sonrisa, en tanto no decían nada de él. Con dificultades desde la primera infancia, renunció en determinado momento a tener amigos y montó un colegio en casa, donde daba clase a varios alumnos imaginarios. Aprendió de Internet, en la intimidad de su habitación, rodeado de personajes de ficción que merecían su confianza.

Al llegar a la escuela de educación especial se presenta como un erudito, con un discurso sin dudas ni vacilaciones, estableciendo como condición los días en que no podría asistir al centro. La apuesta que hace Marta Serra para hacerse un lugar en su mundo fue aceptar esa condición, así como visitarlo en su casa cuando dejaba de ir por alguna razón fuera de las que había esgrimido. Se trataba de mostrarle que la institución no lo iba a dejar caer. Y a la vez, no mostrarse deseante, no mostrar satisfacción por lo que lograba, dado que se le volvía demandante y volvía al otro alguien que gozaba de lo que él hacía. La transferencia resultante producirá diversos efectos, y permitirá que este chico le hable a la analista de lo que nombra como su trauma, que transmite su incomprensión e imposibilidad por seguir el orden de mundo.

Dada la imposibilidad de ocupar el lugar del sujeto supuesto saber, la maniobra fue ocupar el lugar de interés por su saber, ofertándole en la escuela un lugar donde mostrarlo. El interés que mostrará por la lengua japonesa facilitará que, con los libros a cuestas, pueda salir al patio y acercarse a sus compañeros. Logrará así, con una nueva lengua y una nueva identidad con la que presentarse al mundo, cursar unos estudios que le dan un lugar en el mundo.

En la conversación posterior, Marta explica que nunca puso un diagnóstico a este sujeto: ¿se trataba de un autismo o de una psicosis? Plantea qué habría cambiado de su intervención, tomando uno u otro diagnóstico. Al respecto, Vicente Palomera introduce que este caso nos muestra cómo opera un analista lacaniano. Se trata del bueno uso del diagnóstico. Monserrat Puig apunta a que bajo transferencia no nos posicionamos igual ante un sujeto paranoico, esquizofrénico o autista, y que el diagnóstico orienta nuestra actuación clínica.

Enric Berenguer comenta que podemos pensar el diagnóstico como el texto que presenta Marta Serra, que muestra cómo hay que tomar el síntoma para poder ser partenaire de un sujeto. Respecto a ese interés por la lengua japonesa, apunta que el ser japonés, así como el ser homosexual (como se definirá este sujeto en determinado momento) pueden pensarse como soluciones. Algo del cuerpo de este chico no se ha organizado en un circuito pulsional, algo de lalangue fracasó, y habrá que ver si el japonés lo conseguirá: si ordenará el goce del cuerpo o quedará como un saber por fuera del cuerpo. En tanto no ha habido goce de lalangue, estaríamos en el campo del autismo.

Estela Paskvan comenta al respecto que el recurso al japonés como lo más extranjero, lo más extraño, es algo que ha escuchado en varias ocasiones en adultos psicóticos.

Vicente Palomera, recordando las dificultades con el cuerpo y con la piel de este sujeto, propone pensar en hacerse una nueva piel, japonesa.