“Après coup” del Seminario Impurezas del Acto en la Comunidad de Cataluña | Araceli Teixidó

Facebooktwittergoogle_plusredditlinkedinmail

Para hablar del acto analítico propuse la pregunta por la marca y el ser: si en el acto se actúa desde el ser del analista (1) ¿qué de la marca se puede leer en el acto? Con esta pregunta intentaba avanzar en la hipótesis del Seminario según la que el psicoanálisis nunca es puro pues el analista, por su deseo, constituye una impureza (2). En el mismo recorrido del trabajo encontraba que el acto es en pura pérdida y, por tanto, sólo el analizante, en cuyo análisis tuvo lugar el acto, podrá leerlo. En el acto se juega la presencia del analista, su ser, pero éste cede el goce del sentido y por tanto no se juegan sus significaciones. Sólo se podrá leer algo de la marca en el acto cuando éste es fallido, es decir, cuando se trata de una mala posición del analista en la cura.

En la segunda sesión del Seminario tomamos el par acto analítico/interpretación a propuesta de su coordinador Francesc Vilà. El acto sustituye a un dicho, constituye un hacer en el lugar de un decir, así lo presentaron Hebe Tizio y Eugenio Díaz. Durante esa sesión pudimos ver que esa sustitución no constituye una equivalencia entre el acto y un dicho, porque a diferencia de éste, el acto está en el lugar de lo que no se puede descifrar. El acto separa la interpretación del desciframiento y apunta a la resonancia, nos decía Toni Vicens en la última sesión. Me parece que podemos decir que el acto se sitúa en la cadena significante como un real, en el lugar donde se esperaría a lo simbólico. Por tanto, en el marco de una cura, en el marco de la transferencia, el acto analítico constituiría un tratamiento de lo real por lo real. Hipótesis que queda pendiente de investigar en otros trabajos.

Creo que podemos afirmar que no se trata siempre de llevar un análisis hasta el final, si no de en todo momento poder tener abierta la división del sujeto para que de allí pueda surgir algo a descifrar. Si el acto del analista y su deseo apuntan solo a que el análisis finalice no sería posible la práctica en institución. El acto traza una pista sobre lo real, abre la vía de lo posible.

Empecé hablando de los discursos porque pienso el acto psicoanalítico a partir del tipo de saber que es el psicoanálisis. Al acto analítico se llega sólo por una determinada relación con la castración que permite una determinada relación con el saber. Es cuando el analista puede renunciar verdaderamente a saber en la cura que dirige que puede surgir el acto. No es esta una invitación a la ignorancia que no llevaría a más que al pasaje al acto, se trata de poder preservar la dimensión enigmática de la causa.

Por eso el acto es lo más opuesto al protocolo. El protocolo elimina toda relación del sujeto – del profesional, pero también del sujeto atendido en las instituciones – con el saber, con la apuesta que se puede sostener más allá del conocimiento, más allá del desciframiento. El acto es lo más impuro que podemos introducir en el ámbito del conocimiento porque se sostiene con el cuerpo del analista y sin ninguna referencia a un conocimiento universal.

En el mundo de hoy, la certeza de que el conocimiento de la ciencia cubre todos los aspectos humanos y no humanos de la vida, obtura la posibilidad de acceder al saber del inconsciente. Hoy los sujetos no vienen con una pregunta de saber o a buscar algo que les falta, o no la mayoría, sino que vienen a que les quiten algo, un goce en más con el que no se arreglan. O no vienen a que se lo quitemos, a menudo lo quieren conservar pero piden que no duela, que no moleste.

La falta de la castración se revela especialmente en el campo de las instituciones donde el conocimiento se convierte incluso en saber predictivo. Así llegan pacientes como aquellos de los que nos hablaron Josep Ma. Panés y José Ramón Ubieto en la tercera sesión del seminario coordinada por Carolina Tarrida. Dos casos de “futuro”: delincuente uno, psicópata el otro. Me parece que podríamos decir que en estos casos se cierne sobre el niño el goce de los adultos, toma forma en ellos el goce indescifrable como predicción. Quizá donde antaño había en los padres la esperanza de lo que debía ser – cómo el padre o más que él… – ahora se da la certeza de lo que será – lo más rechazado -. Así el goce rechazado se torna saber predictivo que arroja la cifra de los futuros delincuentes. Por el contrario, la presencia del analista permite al futuro pero también al pasado, incluso al presente, ser inciertos.

Al valorar lo que sea el acto analítico y observar qué es lo que opera en los casos presentados y en el debate, se destacó que no hay una sola manera de hacer. Lidia Ramírez desde la sala nos planteaba su uso particular de la pregunta. Por eso más que preguntarnos ¿cómo podemos generar transferencia? – pues a ese nivel la respuesta será necesariamente: es imposible – diría que se trata poder ver cuando hemos creado transferencia, por qué y cómo lo hemos hecho. Y será uno por uno porque es atravesando el propio imposible que el analista puede conducir su práctica – sea por el final de su análisis, sea con la ayuda del control y de su análisis en curso –.

La reflexión conjunta nos ayuda, también, en la búsqueda del modo singular, el que se aviene a la propia manera del ser, a las marcas. Hablamos de los casos para aprender, pensar en ellos y también para poder dejar de pensar. Nos ayuda a poder dejar latir eso sin forma que un análisis llevado al fin permite despejar. Pero se sabe después. Por eso el pase es después, por eso el control del acto es después.

Sólo desde el final de un análisis se puede capturar algo de la lógica del propio acto. Es el final de análisis el que permite el acceso a la imposible relación que uno hizo existir y además permite formalizar y transmitir el saber sobre ello. Un saber que incluye un no saber.

Si decimos con Marta Serra, en la última sesión del Seminario, que a cada analista corresponde la singularidad de un acto que no se podrá repetir, no se trata de un haga usted lo que quiera y después ya veremos. Serra trazó un corte neto para mostrar las formas en que la subjetividad del analista, sus identificaciones, entorpecen la cura. El “cada analista” que sostiene una práctica se funda en el rigor de la Escuela del pase. Es decir, en una práctica en cuyo horizonte está el final de análisis, pero también en una práctica en cuyo horizonte está una relación con la castración y con el goce que se localiza en cada sesión del propio análisis, no sólo al final.

Como señaló Shula Eldar desde la sala, conviene no confundir un escollo del acto con el hecho de que el acto psicoanalítico en sí mismo nunca es puro.

Se ha dicho de este espacio que ha constituido un verdadero trabajo de Seminario. En él hemos podido escuchar las elaboraciones de nuestros colegas y también las preguntas que algunos colegas han ido planteando; por ejemplo, Lucía D’Angelo que coordinó la mesa del último día, preguntaba sobre los efectos en el cuerpo del analista. Esperemos que las preguntas surgidas provoquen nuevos Seminarios (3).

 

  1. Lacan, J., Seminario 15, El acto analítico. Lección del 10 de enero de 1968. Inédito.
  2. El Seminario Impurezas del acto tuvo lugar en la CdC de la ELP entre el 9 de noviembre de 2017 y el 6 de marzo de 2018
  3. Hemos confeccionado una bibliografía sobre el acto que ponemos a disposición de quien la precise y animaremos a que se vayan publicando los textos que se han trabajado en el Seminario.