El Cartel y la función del Más Uno. Hacer de lo real una causa. Primera Noche de Carteles-Alicante | Ruth Pinkasz

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Primera Noche de Carteles-Alicante (29/11/2017).

Para hablar de la función del Más uno, considero que hay que ponerlo en tensión con el lugar que habita en el cartel; por lo menos, en el caso que nos reúne hoy, que es, la especificación de esta función, que evidentemente, siempre es precedida por alguien; es decir, encarnada en un sujeto que comprometido con la causa analítica tiene siempre como referencia y horizonte, la Escuela; la Escuela a la que pertenece y a todo el conjunto que conforman la Escuela Una.

No existe Cartel sin Escuela, ni Escuela sin Cartel

Así lo especificará Lacan en su “Acto de Fundación” y que retoma Miller en su conferencia “El Cartel en el mundo” donde tomando las palabras de Lacan, señalará la idea de que el cartel es “una máquina de guerra contra el didacta y su pandilla”; aludiendo podríamos decir, a las rigideces de los psicoanalistas de la IPA, inmersos en un fantasma grupal del que nada querían saber y que Lacan con sus actos, denunciaba.

¿Y por qué Lacan privilegia esta forma de funcionamiento? ¿Por qué el cartel se construye en una herramienta privilegiada de trabajo común entre los analistas? ¿Por qué un grupo restringido de personas, reunidas en una tarea común, con un trabajo a realizar durante un período de tiempo también restringido quedaría fuera del alcance de los efectos de grupo?

Sabemos desde el psicoanálisis que los efectos de grupo no siempre están al servicio de la pulsión de vida; del trabajo común, del beneficio grupal, sino más bien en muchas ocasiones tienen efectos devastadores; porque cuando algo del orden de la falta viene a presentarse, el movimiento inmediato es el de taparla, y porque generalmente en ese movimiento de posible pérdida algo de la cohesión grupal se ve siempre amenazada.

Este ideal de cohesión, estaría apoyado en un ideal común entorno a un objeto y donde a mayor acomodación aparente, mejor funcionamiento grupal; lo que nos mostraría de manera evidente, el lado imaginario al que todo grupo está sometido.

La identificación a ese ideal común muchas veces se encuentra sostenido en la figura de un líder, que funciona a modo de sostenedor del yo y por tanto el grupo sería como nos muestra Guy Trobas en su artículo: “Del grupo al cartel, del líder al Más Uno”; una “máquina yoica que pasa por la colectivización de los sujetos en un fantasma común”.

Es decir, la ilusión de ese efecto grupal viene a enmascarar otro elemento fundamental que es el que denominamos plus de goce, en tanto que bajo el circuito imaginario de una voluntad común nos encontraríamos siempre con un fantasma que lo sostiene; es decir, ese objeto imaginario que completa la ilusión de cohesión grupal, deviene real en el momento en que aflora algo de lo que resiste; porque sabemos que lo que resiste no es de orden imaginario sino siguiendo a Freud, de lo que se trata es de “procesos pulsionales que alimentan la resistencia” y cuyo efecto entre otras cosas sería la repetición; garantizando entonces, la inmovilidad absoluta.

Lo que afloraría entonces es ese “valle de pasiones” que sabemos que tiene siempre por debajo, de manera latente, un estatuto real.

La solidaridad imaginaria del grupo se descompensa y pone sobre el tapete que el efecto de identificación sostenido en el yo, debe inmediatamente compensarse mediante un circuito que pasa por el camino de un borrramiento feroz de las singularidades, para volver a fortalecerlo; y cada vez que esto ocurre lo imparable del goce retorna en su vertiente más real.

Habría mucho más para decir de los efectos de grupo; solo quería destacar que detrás de la vertiente imaginaria, anida un real que, si no es tenido en cuenta, negaríamos la orientación que nos convoca y por tanto el sustento de una práctica analítica que se compromete a un tratamiento de ello; un tratamiento pues, que no lo rechaza, no lo deniega, no lo evita.

Digo esto, porque para entender la concepción de lo que es un cartel y por tanto de lo que es la función del Más Uno; debemos entender lo que está en el corazón de lo que es el psicoanálisis; que el ser humano está habitado por un goce y que ese goce circula en los vínculos sociales, porque también hay que decir, que habita en los discursos.

Entonces: ¿qué libraría al cartel de estos efectos?

Primeramente, diría tomando a J.-A. Miller, que el cartel tiene como característica fundamental que es un medio, es un medio para ejecutar un trabajo; lo que destaca que no es un fin en sí mismo. Esto también ocurre en algunos grupos, pero con la diferencia que en el cartel el privilegio está puesto en la tarea de la elaboración de cada integrante; de cada uno con su propia (destaco propia) producción. Es un trabajo que comparte un “puertas hacia dentro” y un “puertas hacia afuera” de uno por uno, en el grupo.

Otro elemento que destacaría es que el cartel introduce en su funcionamiento una elaboración de saber; pero es una elaboración de saber que toca un punto que resiste y en ese punto que resiste, siempre hay algo que inventar, es una especie de invención que pone en juego los recursos que cada uno de sus miembros dispone, para llevar adelante su propio trabajo en una puesta en común.

Este punto me parece de fundamental importancia porque no se trata de un saber alienado; en el sentido de un saber al servicio de la identificación, sino que es una puesta en marcha diría permanente, del encuentro con una falta.

Pensamos que el saber es propenso a taponar la falta; es cuando la consistencia de un saber cae como una piedra y fortalece al yo de la peor manera, inflando al grupo y desestimando la diferencia; es esa diferencia según mi criterio que permite evitar la solidificación de un fantasma grupal que no hace otra cosa que acentuar los efectos de un bla bla bla imaginario, en una suerte de homogeneidad, pero también de un bla bla bla del goce sentido que obstaculiza la producción, entendida ella como que hay que ceder algo del cuerpo para obtener algo de otro orden. Hay que poner algo de “la libra de carne” de cada uno de los componentes del cartel para que el efecto de “como si” grupal adquiera otra forma, más bien se diluya y no “haga grupo”.

Siguiendo esta idea, diría entonces que el lugar del cartel debería permitir que circulen las singularidades y por tanto el resultado a obtener sería entonces una posición respecto al saber, donde cada uno estaría alerta de sus propios matices; matices de goce a trabajar en su propio análisis, pero advertidos de su presencia en el cartel.

No es que el Cartel sea un “anti grupo”, como bien lo señala Guy Trobas, pero se trata de poner en movimiento los discursos, y valiéndome de la redundancia, repetiría, para hacer lazo y hacer lazo con la comunidad analítica, en una puesta a prueba del trabajo del cartel.

Ahora bien, ¿qué función la del Más Uno?

Si hablamos de función, diría en primer término que se trataría de un lugar de cierta garantía, garantía de que los efectos de grupo que podrían advenir y que he mencionado con anterioridad, no obturen la marcha del cartel.

Sería entonces el Más Uno, una suerte de función simbólica que permitiría ordenar y orientar la dirección del trabajo pero con la característica principal de que su presencia no haga obstáculo, no sature, el uno por uno de sus miembros. Se trataría entonces de velar por la heterogeneidad. J.-A. Miller dirá que el Más Uno sería entonces, “un líder pobre y modesto”.

Además, podemos añadir por otro lado, que la “demasiada presencia” auguraría no otra cosa que el horizonte de su vertiente real; siguiendo esa línea sería como privilegiar la otra cara de líder, la otra cara del padre; la que correspondería exclusivamente al goce.

Así esta función simbólica no hay que olvidar, no deja de ser un lugar, un lugar preparado a cualquier analista que esté dispuesto a encarnarla.

Si destaco la cuestión de un lugar, remarco con ello que, así como el Sujeto Supuesto al Saber (SSS) se encarna en la figura del analista en la transferencia, es verdaderamente al inconsciente que debe su lugar. Y es así como a mi entender toca también a la función del Más Uno.

Es decir, tanto para el analista como para el Más Uno, identificarse con el SSS, no es otra cosa que dar consistencia imaginaria al yo, suturando la hiancia de quien habla; sea analizante, sea participante de un cartel.

Para sintetizar diría entonces que la función del Más Uno sería:

  • Velar por el funcionamiento del cartel.
  • Favorecer su elaboración.
  • Mantener viva la pregunta de cada uno.
  • Hacer frente a las crisis y a los impasses que obstaculizan el trabajo.
  • Y por supuesto, hacer lazo con la Escuela.

Todo ello encarnado en un sujeto que, al poner su cuerpo, compromete un real del que está también concernido, y del que debe estar prevenido. Solo por ser Más Uno, no está libre de los efectos de grupo, y de eso debe estar advertido; pero también esa función, al igual que la función del analista, da su toque peculiar a ese lugar; diríamos que da su tinte particular y singular a esa función; después de todo se trata en la medida de lo posible de “saber hacer con un real” y no descartarlo, pues su efecto de retorno sabemos que puede ser aún peor.

 

Bibliografía:

  • Lacan, J. “Acto de Fundación”. 1964. Otros Escritos.
  • Miller, J.A. “El cartel en el mundo”. Intervención jornadas de carteles SCF. 1994.
  • Trobas, G. “Del grupo al cartel, del líder al más uno”. 1988.
  • Laurent, E. “La pragmática del grupo y el más uno”. Revista Más Uno. EOL, 1996.