A propósito del testimonio de pase de Patricia Tassara. Una nueva mirada sobre lo que no habla | Rosa Godínez

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Patricia T., Analista de la Escuela (AE) nombrada por la Comisión del Pase de la ECF en 2017, miembro de la ELP perteneciente a la Comunidad de Valencia, de cuya Junta Directiva es actualmente la directora, el martes 20 de febrero de 2018 presentó un interesante trabajo a partir de su testimonio de Pase (que escuchamos en Madrid en el marco de las anteriores XVI Jornadas de la ELP en noviembre de este año anterior 2017). En esta ocasión, fue invitada por la Junta Directiva de la Comunidad de Cataluña-ELP a la sede de Barcelona. En la mesa, la acompañaron Marta Serra, también AE en ejercicio que lleva a cargo el actual espacio del pase en esta comunidad y Gabriela Galarraga, Analista Miembro de la Escuela (AME), que forma parte de la comisión.

Gabriela se encargó de presentar algunos de los puntos centrales de la construcción de Patricia en su primer testimonio, cuyo trabajo para esta ocasión tituló: “De la mirada mal dicha al bien-decir lo que no habla”. Destacó la distinción entre la mujer y la madre, puntuando que La mujer no existe, pero la madre sí. A partir de uno de los ejes que el AE presentó: “Zozobra – temblores – cuerpo vibrante”, subrayó las declinaciones de la angustia que la analizante consigna a lo largo de su experiencia analítica: al embarazo, a la maternidad, ante lo femenino.

De la presentación de Patricia y de las preguntas que suscitó su transmisión desde la mesa y desde la sala, destacaré su mención de lo femenino y el recorrido de una modalidad pulsional que, podríamos decir, va de lo escópico a lo invocante y sus virajes.

Si la mujer realiza en la maternidad su rechazo a la feminidad y la madre no alcanza nunca a dar a la hija las claves de la feminidad (que la niña le pide), como subrayó Patricia, lo femenino entre centro y ausencia, aludiendo al libro de M. Bassols, juega su partida siempre como lo imposible de encajar, en tanto no puede decir lo que es La mujer.

La angustia frente a la maternidad

A partir de las identificaciones primordiales en juego, el sujeto queda atrapado en la angustia no sin, por supuesto, la afectación sintomática en relación al cuerpo. Del lado materno, la caída del idilio adolescente con la madre, a partir de lo real de la castración materna, tras el embarazo y parto del hermano, configura la “cara triste y fea” que la púber ve en la madre y, por vía identificatoria, también se mira a sí misma con el mismo reflejo en el espejo. Del lado paterno, el sujeto cuenta con la mirada sonriente del padre, que miraba la hija sobre el escenario infantil de sus piruetas artísticas, debidamente elegido por la niña para la satisfacción escópica.

En una primera consulta a un analista a los 13 años, tras una interpretación sin velo sobre un sueño en que el goce toma la escena, el sujeto se encuentra con el efecto de cierta invasión y decide irse. Será en la ocasión del encuentro con su propia maternidad (embarazo y nacimiento del hijo) al irrumpir la angustia que pide un nuevo análisis. Es un momento en que la analizante toma a cargo la articulación entre maternidad/caída/muerte (la madre falleció en un accidente). Sobre el fondo de angustia, emergían otros afectos como la tristeza y un goce melancólico.

Dos señalamientos en el análisis tendrán estatuto de interpretación para el analizante que permiten cernir el objeto a prevalente: la mirada. Por un lado, el analista señala la identificación histérica masculina, “Ud. mira, como un hombre” y por el otro, ante lo que enfurece al sujeto (identificado a la mirada y posición superyoica materna) que colorea su rostro de rojo cólera, indica: “el ojo está dentro del rojo”.

Dos sueños, uno de caída en un pozo y el otro que enfoca la presencia de una virgen que mira de costado y, a la par, la mirada que le clava el rostro de la madre. Reaparece ahí la mirada materna muda que petrifica el sujeto. El analizante lee que “la madre se traga a la mujer”.

Sin saberlo aún, quedaría un trecho para la asunción de la necesaria disyunción entre la madre y la mujer, sobre la que trabajó largamente en su análisis. Tras 12 años, encuentra un final de análisis que le lleva a pedir el pase. La no nominación le permite caer en la cuenta de su precipitación tras quedar fascinada por el agujero. Si bien ha cernido el objeto no ha operado su extracción, señala Patricia. Esta es una cuestión, a mi parecer, que es de gran enseñanza en lo concerniente a los finales de análisis.

La angustia ante lo femenino

Tras esta terminación de la experiencia analítica, aún permanecía un goce en silencio. Volverá a pedir análisis y asumirá un tiempo necesario para abordar la angustia que comporta la asunción de lo femenino.

Toma relevancia el orden de la separación, a su vez el goce de la melancolización disminuye, la imagen de lo corporal se acomoda y hace uso de los buenos semblantes. El sujeto ya no se defiende de lo real, dice Patricia. Ahora puede aprehender que superyó femenino era la cobertura del goce femenino.

En soledad, el parlêtre era tomado por un temblor, una vibración ante la página en blanco. Surge un nuevo amor hacia un hombre cuya mirada habla, y hace reír, a la mujer que hay en el analizante.

Tras un accidente que toca el cuerpo, siente “como si le hubieran quitado un muerto de encima”. Liberada de ese peso, de la pulsión de muerte, adviene una nueva mirada. Patricia relata que puede mirar el cuadro de E. Degas: “Melancolía” acompañando su mirada con un decir propio: “Yo me curé de esto”. Emerge una nueva escritura, “… soledad de la letra que no habla”, la letra que hace posible escribir en esa página que antes la sumía en la angustia.

Hacía falta separarse de la última palabra que daba aún consistencia al Otro. La analizante se despide en una sesión con un: “Quiero terminar el análisis”. Y el analista dice: “¿Cuándo vuelve?” Luego, el silencio por escrito (en un mail) del analista permitió soltar la espera de la última palabra. Al volver a la sesión, la analizante dice: “He terminado”. Pedirá en esta nueva ocasión el pase y esta vez obtendrá su nominación. Dado que lo real no habla, lo femenino siempre es contingente, se juega en un “sin esperar nada”. En este punto, Patricia alude a “El ultimísimo Lacan” con una de sus orientaciones fundamentales: “aguardar sin esperar nada”.

Según el recorrido por la experiencia analítica para la analizante, podemos situar que la asunción de esta nada, puede advenir tras el pasaje de la mirada mal-dicha que petrifica a la mirada bien-dicha, “al bien-decir lo que no habla”, que alienta al sujeto a un deseo renovado que produce una alegría que toca el cuerpo e incide, entre otros órdenes, en su práctica como analista.