Desenfoque

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bokeh_movie_05De manera fortuita, pude ver hace unos días una película islandesa titulada Bokeh, de Geoffrey Orthwein, Andrew Sullivan, dos directores noveles. Cuando terminó, salí de la sala a marcha rápida, como escapando y con una sensación de incomodidad. Al rato empecé a pensar que la película resulta difícil de soportar porque sitúa al espectador frente a lo que Lacan nombra en el seminario El sinthome, como “el fuego frío de lo real”.

“El fuego es lo real. Lo real prende fuego a todo. Pero es un fuego frío. El fuego que quema es un disfraz, si puedo decirlo así, de lo real. Lo real debe buscarse en otro lado, del lado del cero absoluto. A pesar de todo se llegó a eso. No hay límite a lo que se puede imaginar cómo alta temperatura. No hay límite imaginable por ahora. Lo único que hay real es el límite inferior. Eso es lo que llamo algo orientador. Por eso lo real lo es. Hay una orientación pero esta orientación no es un sentido…” (1).

Tal vez no sea casualidad que la película sea islandesa, ya que Islandia significa tierra de hielo. El fuego que quema sobre esa tierra de hielo es un disfraz, al decir de Lacan, es lo que vela, y en la película es precisamente ese disfraz lo que se ve desaparecer, esfumarse.

Sobre el título: Bokeh, es un concepto japonés (ぼけ boke) que significa desenfoque. En fotografía se puede entender como la imagen en la que el elemento principal es lo único que aparece enfocado y el resto de los elementos desaparecen, totalmente desenfocados.

La película trata sobre una joven pareja americana que viaja a Islandia en una escapada romántica, y una mañana se despiertan y descubren que todo el mundo ha desaparecido. Están solos. No hay nadie más.

Se describe en ella el recorrido que cada uno de los dos protagonistas hace, primero frente a la desaparición del ruido del mundo y después frente al silencio del mundo.

A diferencia de otras películas apocalípticas, en ésta no hay causa destructiva, no hay malos, no hay zombis. Nada, silencio, todo silencio. Cuando por fin concluyen que no encontrarán una respuesta que les explique lo que ha ocurrido, entonces se sitúan frente al agujero dejado en el lugar del Otro y ahí empezarán a descubrir que ninguno de sus intentos de reconstrucción de algo que les proporcione un mínimo de sentido donde sujetarse -ni la belleza de la naturaleza, ni la religión, ni la relación de pareja, ni siquiera la figura del superviviente- alcanzarán para tratar “el sólido de la melancolía” (2).

La melancolía como duelo imposible por el objeto perdido y que nunca existió, es así como la interpreta un misterioso personaje de la película, un último superviviente -posiblemente alucinado- con el que se encuentran, poco antes de que éste muera.

Melancolía que se instala en la protagonista, arrastrándola hasta el agujero lleno de agua de un estanque. El golpe certero del que no se puede recuperar se produce cuando, estando ya muy abatida por la muerte del anciano oracular, recibe un mail que alimenta una nueva esperanza de encontrar a alguien más, alguien que tal vez…sepa algo. Algo que encienda el fuego y que frene la quema de todo. Al abrirlo se desvela que es un mensaje de su pareja, con una fotografía de un hermoso paisaje de la isla, con una hermosa luz de atardecer y unas palabras que, abogando de nuevo a la belleza como velo y a la relación , rezan: “esto es lo que nos espera los próximos seis meses”. Es ahí donde se produce el pasaje al acto, que es sin mensaje alguno.

Que no hay que tener esperanza, nos lo advierte Lacan. No se trata para él de la esperanza sino del deseo. Cada esperanza es un nuevo retraso, una procastinación, que inevitablemente anticipa una nueva decepción.

Lacan sitúa la esperanza del lado del sentido. Lo que se espera al final es hallar un sentido en la causa.

En la primera clase de su curso Causa y consentimiento, publicada en el último número de la revista Freudiana, J.-A. Miller se refiere a la ética contraponiéndola al hábito o la rutina: “Lo propio de la ética, digámoslo claro, consiste en llevarnos de lo familiar a lo extranjero, enseñarnos que allí donde creemos estar en nuestro propio terreno, no hacemos más que ir retrasados respecto a lo extranjero…” (3).

Lo familiar supone la función del lugar común que ofrecen las identificaciones y que alivia del cansancio de pensar por sí mismo. Sin embargo, esos lugares comunes que se vienen proponiendo como proyectos de restauración de alguna creencia fuerte, nos dice Laurent, procuran hoy identificaciones de bajo nivel, que no salvan de la angustia ni de la tiranía del superyó de la época.

Verificar algo de eso, de la dificultad encontrada repetidas veces para enfrentar la ley de hierro del goce, a pesar de las identificaciones, puede llevar a un sujeto a consultar.

Las respuestas que se encuentran en el mercado fácilmente se orientarán en la dirección de reforzar la consistencia de alguna de esas identificaciones, apostando por que el sujeto pueda evitar así la deriva depresiva, los desbordamientos de angustia o la falsa solución de las adicciones. El refuerzo medicamentoso, también se orientará de carrera en esa dirección de restauración, abriendo nuevas esperanzas. El riesgo es el desgaste, por cada nueva decepción, por cada renovado sentimiento de fracaso.

Como analistas, la cuestión que se plantea es cómo ayudar a los sujetos a despertar del sueño de los ideales sin caer en la certeza melancólica de que ya nada va a servir para avivar el fuego lo suficiente. Es decir, volviendo al símil fotográfico, cómo ayudarles a adquirir cierta práctica del desenfoque para que puedan darle a la imagen un fondo de real, que se inserte de un modo vivible en la escena simbólica.

 

  1. Lacan, J., Seminario 23, El sinthome. Ed. Paidós, Buenos Aires, 2006, pág. 119.
  2. Expresión que usa Eric Laurent en una conferencia pronunciada en las Jornadas de la EOL de 2007: “Las patologías de la identificación en los lazos familiares y sociales”. VV.AA. Patologías de la identificación en los lazos familiares y sociales. Editorial Grama, EOL (2007).
  3. Miller, J.-A., “Consentimientos”. Revista Freudiana nº 80, pág. 17.