Psicoanalisis, ciencia y caza de brujas | Marta Maside

Facebooktwittergoogle_plusredditlinkedinmail

rene_magrite_treason_of_images webHace unos días leí, con desagradable sorpresa, que la OMC (Organización Médica Colegial) abría un Observatorio desde el cual denunciar lo que viene a denominar las “prácticas pseudocientíficas”, entre las cuales lista una serie bastante dispar, y en ella, figura el psicoanálisis.

Sorpresa, porque la existencia de los colegios profesionales responde a la necesidad de regular una práctica: la propia. Cada uno, la suya. ¿Por qué iba a erigirse la OMC en reguladora de otras prácticas? ¿Ha leído todas esas doctrinas en profundidad, ha revisado sus clínicas para poder emitir un juicio fundado acerca de su pertinenecia o su “cientificidad”?

Desagradable, porque encontré el nombre del psicoanálisis entre esas prácticas “pseudocientíficas”. No sabía que la OMC hubiese leído a Freud, a Lacan y a Miller con tanto detenimiento, que hubiera puesto en práctica la clínica y el análisis personal de los practicantes, para llegar a concluir que se trata de una pseudociencia. Porque los que sí que lo hemos hecho, los que los hemos leído y los seguimos leyendo, concluimos otras cosas.

Como en los últimos tiempos ya he venido escuchando esta cantinela más de una vez, me parece necesario aclarar un punto de partida: el objeto de estudio del psicoanálisis es la subjetividad del ser humano. La subjetividad es el producto del encuentro, singular e irrepetible, de cada ser hablante con el lenguaje; producto que se irá contruyendo y estructurando a lo largo de su existencia, y que gobernará todas sus decisiones en la vida.

Subjetivo, es el par opuesto de objetivo. Lo que estudia la ciencia es aquel objeto que es medible, cuantificable, reproducible, y cuyos efectos, bajo determinadas condiciones, son siempre replicables. ¿Puede aplicarse el método científico a la subjetividad para extraer un saber sobre la misma? No lo parece.

Sigmund Freud, un neurólogo, llegó a esa conclusión y se apartó de la biología para seguir el rastro de unos síntomas que no obedecían a las leyes científicas de la anatomía, sino a la lógica de la palabra -como supimos años más tarde, gracias a la posterior investigación de J. Lacan.

Es decir, que Freud encontró en su práctica médica datos empíricos que apuntaban a inferir la existencia de otro mecanismo, psíquico, que actuaba porque producía efectos en el cuerpo de los pacientes. A este mecanismo psíquico lo llamó inconsciente. Y fueron estos casos clínicos los que lo condujeron a investigar las leyes de su funcionamiento, y el método más apropiado para abordarlo. Tarea en la cual sigue implicado el psicoanálisis a día de hoy. Primero con Freud, después con Lacan, y ahora con J.A. Miller.

El psicoanálisis es una disciplina que desde su nacimiento ha extraído el cuerpo de sus conocimientos de los hallazgos de la clínica. Esto es, supone el empirismo de la observación y el tratamiento del caso por caso.

El psicoanálisis no es una ciencia, es una disciplina rigurosa, con unos principios definidos, que aborda el sufrimiento psíquico -la salud mental, podemos decir- y que lo trata por la vía de la palabra, obteniendo unos efectos tanto terapéuticos como de saber, que están a disposición de cualquiera que desee conocerlos o de hacer la experiencia de un análisis.

La subjetividad no es sólo lo que gobierna nuestra vida, la herramienta con la cual afrontamos e interpretamos los acontecimientos; sino que concentra todo aquello que nos hace humanos, porque surge del anudamiento particular que se produce entre la palabra y el afecto en cada uno de nosotros. No deberíamos olvidar esto, en los tiempos que corren de la burocratización y la protocolización generalizadas, en los que el peso de la ciencia, seguramente mal entendida o mal aplicada, no soporta ningún tipo de incertidumbre… ¿pero qué es la ciencia, sino se funda en el deseo de saber? ¿Es el único método de conocimiento posible para el ser humano?

La subjetividad tiene sus propias leyes, que no pueden medirse con escuadra, ni analizarse con microscopio, ni reproducirse mediante réplica exacta de su algoritmo. Y a lo mejor, ni falta que hace.

* Imagen: La traición de las imágenes, René Magritte.